Monday, June 11, 2007


Godard ha inundado mi mente en este domingo que parecía no traer más que un languideciente paseo del sol en el horizonte. Mie cuerpo estaba rendido, verdaderamente exhausto y mi cabeza estaba en sintonía. Aún así me permití acercarme a Godard con todo lo que ello implicaba.


Desde hacía tiempo tenía esta enorme curiosidad por desmitificar al hombre de tantos títulos contundentemente apetecibles, por fin cedí este domingo, un domingo como cualquier otro. No pasó mucho para percatarme de la dimensión de mi asombro ante el discurso, pero sobre todo ante la narrativa fragmentaria de la película que parecía ser una profunda inyección a la psiquie colectiva del francés, ¿o habrá sido del parisino? Cualquier que fuera el caso, la sucesión de soliloquios de matiz filosófico rebasaron cualquier expectativa, debo decir, formal y no formal. El montaje de las escenas, si, preciso, quirúrgico, pienso que solamente disfrutable para amantes de lo Bataillesco, me confieso aquí.


Sin embargo, algo inquietante permeó el devenir de la película y poco a poco me condujo a un estado abierto de des aprehensión. Existía en este montaje de Godard algo dolorosamente incisivo, algo que rebasaba cualquier lengua o flema nacionalista. Algo que me conectaba con esas lecturas tempranas de Nietzsche, pero que a la vez me distanciaba de las mismas para escuchar rumores en otro nicho de mi ser. Lo descubrí muy cerca del final y me sentí como si hubiese estado leyendo este libro con unas gafas gastadas, que apenas me dejaban ver la silueta de las estrofas; estás decían simple y llanamente "Elogé de L'Amour, Qualche cose ... Archives"